domingo, 6 de noviembre de 2016

Lo normal

Fotografía de Sage Sohier.
El otoño no termina por dar un golpe en la mesa y noviembre viene demasiado caluroso hasta para estas latitudes. El vapor del café asciende serpenteante por el aire viciado de un bar en el que no es fácil respirar por la mezcla de los olores a comida, aceite recalentado y sudor de los que alargan la sobremesa. Desde una mesa junto a la ventana se ve la terraza y, en medio, la acera; más allá, la calle. Afuera la normalidad se despliega ufana por esta tarde de un día cualquiera: personas que toman café en la terraza, una señora de caminar lento y pausado que se deja llevar por un pequeño y vitalista perrito blanco; un señor desaliñado que pasa con prisa mientras vocifera por el móvil; la algarabía de los adolescentes; el niño que come un helado; un perro que vagabundea por la calle. Escenas normales de una ciudad normal. Pero, ¿esto es todo? ¿Qué o quién falta en esta escena? ¿Qué se oculta tras la dictadura de la normalidad? Rebobinemos y prestemos atención.

Ese café que humea en la mesa, ¿quién lo ha servido? Si rememoramos la escena  fijándonos en los detalles veremos que se nos escapó la camarera. Una muchacha ojerosa con la camiseta del uniforme salpicada de manchas aquí y allá; aunque lleva coleta el sudor hace que tenga varios mechones de pelo pegados a la frente y a ambos lados de la cara. Intenta sonreír y dar las gracias a los clientes, pero se le nota el esfuerzo por ser simpática. Le comenta a una clienta que le queda poco para irse, que la camarera de la tarde se retrasa un poco. Si ya estamos con el café de media tarde, ¿a qué hora comenzó la jornada laboral para ella? ¿Cuántas horas lleva con el uniforme puesto? ¿Quién sonreiría a estas alturas del día si llevara tantas hora trabajando? ¿Forma ella parte de la normalidad? Evidentemente sí; hay una normalidad subterránea bajo la otra, la de tranquilidad y seguridad, la del ocio distendido. 

Pero sigamos pasando revista a la tarde. ¿Qué se ve desde la ventana del bar? ¿Gente charlando en la terraza, personas que miman a sus mascotas, niños y adolescentes felices? Miremos con atención: no lo vimos todo. ¿Quién es ese que pide dinero en la terraza? No dice nada, sólo pone la mano y permanece unos segundos antes de desistir e ir a la siguiente mesa. Cuando recoge unas pocas monedas entra al bar y pide una cerveza de lata. Alguno clientes lo observan de reojo y se quejan de su olor; otros miran con displicencia hacia la lata mientras sale. ¿Quiénes somos para juzgarlo? ¿Cuál es su historia? ¿Por qué no puede sentarse a tomar un café o una cerveza en una mesa? ¿Por qué no puede ser, él también, una persona normal? Otra vez la normalidad, ¿pero qué demonios es lo normal? ¿Quizá eso que llamamos realidad cuando miramos con un ojo deliberadamente tapado?

Tergiversamos la realidad, seleccionamos qué queremos ver y qué no, todo para que la realidad se ajuste a la idea preconcebida que manejamos, la que aprendimos y de la que no nos queremos mover. Lo normal es eso que nos ayuda a discriminar qué forma parte del mundo y qué debe permanecer enterrado; una estrategia para contemplarnos en el espejo y decirnos que somos felices, que nuestro modo de vida es el mejor posible, que somos unos triunfadores. ¿La normalidad? Vivimos al filo de la locura, la explotación y la soledad, pero no forman parte del relato de lo normal.