martes, 19 de enero de 2016

Continente por contenido

Fotograma de 'Cinema paradiso'.

Unos adolescentes se saltan la cola del cine, se acercan a la ventanilla y uno de ellos pregunta: ¿tienen algo en 3D? No si tienen ese algo o si un algo concreto está en formato tridimensional. Ni quieren saber cómo se titula, ni necesitan conocer el argumento y, por supuesto, mucho menos quién dirige, guioniza o interpreta. Parece creada ex profeso, pero la escena es real, y no pasaría de anecdótica si no fuera por su dramatismo, porque no se trata de zapatos, camisetas o lechugas; hablamos de cine, hablamos de arte. 

Sin ingenuidad: el arte y la mercancía mantienen relación desde hace siglos, unas veces truculenta, otras armoniosa. Hay un momento, un punto de giro en la vida de todo cineasta de éxito, en que su propio nombre se convierte en una marca. Quién no se ha tragado bodrios de Tarantino, Allen o Spielberg por tener como referencia alguna de sus obras; porque anhelamos repetir la experiencia estética y volver a cargar con ese poso que el buen cine nos deja dentro. 

Walter Bejamin reflexionó sobre la relación entre el arte y la técnica e intuyó que los avances técnicos no solo transformarían al objeto artístico, sino al propio espectador. Y he aquí que, casi ochenta años después, tres adolescentes ya no desean acercarse a creación artística alguna, sino disfrutar de la tecnología al servicio de un cine efectista, vacuo, donde el arte mismo está al servicio de la técnica. 

Quizá el problema no está en la propia tecnología, porque al servicio del trabajo y talento adecuados puede ser una herramienta de creación maravillosa; ahí está el cine de animación para atestiguarlo. No es cuestión de añoranza ni de bajarse del mundo, sino de perspectiva y espíritu crítico; de emprender un esfuerzo denodado por sacar al cine, al arte, de las garras de la razón instrumental; de concebir el objeto artístico como un valor social a proteger y la experiencia estética como una herramienta de transformación personal y colectiva. 

Puede que para reencontrar el rumbo no haya otro camino que la educación. Educación en sentido amplio, pero también en las escuelas. Porque si la enseñanza de todas las artes es precaria, la del cine es directamente inexistente. El gusto se construye con el conjunto de lo que vemos, oímos y leemos, así que cómo podemos sorprendernos de lo que buscan en un cine. ¿Por qué nos extraña entonces que confundan el continente con el contenido? ¿No son acaso nuestros jóvenes un reflejo de la sociedad en la que viven?