lunes, 24 de noviembre de 2014

Toda una vida



Los usuarios de la biblioteca comienzan a retirarse cuando la noche termina por imponerse en su pugna con el día. Faltan unas pocas horas para el cierre y ya sólo quedarán los rezagados, que suelen aprovechar hasta el último minuto. Lectores, estudiantes e internautas no han dado tregua al personal durante toda la jornada. La bibliotecaria del turno de tarde aprovecha la calma para restablecer el orden y cumplir con las rutinas diarias. El carro de devoluciones demuestra que la lectura goza de buena salud, pero antes de colocar los libros en su sitio es necesario revisarlos y limpiarlos. Para ello la bibliotecaria tiene una botellita de alcohol de 96º escondida tras la pantalla del ordenador; por pudor, para que nadie se ofenda. Humedece con alcohol un paño y, uno a uno, limpia las cubiertas de los libros con cariño, como una madre que lava con delicadeza la herida del hijo. Tras el ritual de la ablución repara unos tejuelos maltrechos y refunfuña por las cicatrices de algún lomo; siempre hay un lector que se empeña en abrir el libro más allá de lo que dicta el sentido común. Revisa el interior y borra con suavidad las anotaciones que un desaprensivo ha escrito con lápiz; menos mal que esta vez no es con bolígrafo. Reparados y limpios, ya están listos.


La bibliotecaria se dispone a colocar los libros en las estanterías cuando entra una mujer de mediana edad.

–¿Aceptan donaciones de libros? –pregunta.

–Claro –responde tajante la bibliotecaria, aunque con la duda de qué le traerán esta vez.

La mujer indica que tiene los libros en el coche y que en un momento regresará. Mientras, la bibliotecaria atiende a un niña que quiere llevarse en préstamo dos libros infantiles, uno sobre dinosaurios y otro sobre una oruga que odia las lentejas.

La mujer regresa con una caja enorme que a duras penas puede cargar.

–¿Dónde la pongo?

–Mejor la llevamos al depósito –responde la bibliotecaria mientras se levanta y ayuda a la mujer con la pesada carga. Observa los ojos de la mujer y cree verlos humedecidos, como si unas lágrimas tímidas no se atrevieran a dejarse ver. Cree que es por el esfuerzo, pero aun así pregunta.

–¿Se encuentra bien, señora? ¿Qué le pasa?

–Qué me va a pasar, hija; que en esta caja va una vida.

Por pudor o por respeto, la bibliotecaria decide no insistir. La mujer, sin más, se da la vuelta y se despide con prisa, como avergonzada de sus emociones.

La bibliotecaria abre la caja con gran expectación. Siempre lo hace, en realidad. La desconfianza inicial que despierta cada donación puede menos que la esperanza de que, por fin, alguien decida donar alguna joya descatalogada o simplemente alguno de los ejemplares perdidos por un lector sin escrúpulos. Aunque la mayoría de las veces en las cajas siempre hay libros de texto escolares o bestseller venidos a menos. Esta vez encuentra alrededor de una docena de libros infantiles, algunas novelas juveniles, una enciclopedia para jóvenes, unos cuantos ejemplares de autoayuda y bastante novelas románticas. Toda una vida, piensa la bibliotecaria, mientras vuelve a meter todo en la caja.

Cierra el depósito y vuelve a coger el carro de devoluciones. Se dirige a la zona de las estanterías y se pregunta cómo se harán las donaciones de libros en un futuro. Toma los ejemplares con la mano izquierda y los introduce en el hueco correspondiente con precisión quirúrgica, lentamente. Cuando cada libro está arropado en el estante le gusta pasar el dedo por los lomos e imaginarse tocando el piano. Un simple dedo, un gesto leve; apenas la misma caricia que puede presionar el delete del ordenador y borrar toda una biblioteca en unos segundos. La bibliotecaria es una soñadora pero no una ingenua y sabe que el futuro ya es presente, y que se pueden construir muros para los humanos, pero no para el mar. Sabe también que toda una vida ya no se meterá en una caja sino en una carpeta o en la papelera.  Sabe todo esto y mucho más; lo sabe y lo acepta, pero no puede evitar pensar en lo que ganamos y en lo que perdemos. Piensa y duda.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Años después



—Antes me costaba más, la verdad. Ahora me siento más cómodo, aunque no le voy a negar que los primeros días fueron duros. ¿Mi muerte? Un malentendido; de hecho, todos lo pensaron, e incluso hasta se deshicieron de mi cuerpo. En fin, un error como otro cualquiera. Lo bueno es que volví a casa y me recuperé. Sí, tuve que estar en cama, para qué ocultarlo, pero luego ya me pude echar al suelo, como quien dice. Incluso pasadas unas semanas me dejaron salir de la habitación; aunque de la calle nada de nada, no crea. Miraba por la ventana y veía los coches y los transeúntes y los niños con la pelota, y un día ya no me aguanté más y fui a que me diera el aire. Para no aburrirle, sabe cómo son estas cosas, de tanto verme dejaron de mirarme y uno más, lo que le digo, uno más. Bueno, qué le voy a contar si hasta terminaron poniéndome el don; ¡don Gregorio, figúrese!  Eso en mi familia, y en general en el barrio, no se lo conceden a cualquiera. Si le soy sincero, cada día creo que desentono menos. Total: la familia, el barrio, la política... todo está hecho una mierda, y usted no lo sabe porque lleva poco aquí, pero en la mierda me muevo bien.

—Ay, señor Samsa, es usted un mal bicho.


—Y quién no, vecino; quién no.