lunes, 9 de diciembre de 2013

Que cada palo aguante su vela

Roberto Bolaño decía que, para practicar una escritura de calidad, el escritor debía “saber meter la cabeza en lo oscuro”. Y, precisamente, a meter la cabeza en lo oscuro, en los rincones más sórdidos de lo humano, con sus injusticias, crueldades y contradicciones, se dedica Alexis Ravelo en La última tumba (Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe, 2013).

Una nueva novela negra, muy negra, en la que Adrián Miranda narra, en primera persona,  su salida de la cárcel, con la idea de vengarse de quienes le cargaron "un marrón" que no era el suyo y la venganza que ejecuta a tal fin. Más de veinte años en prisión que le sirvieron para convertirse en un personaje complejo, repleto de matices. Más de dos décadas por un delito que no cometió, porque Adrián se sabe culpable de muchas cosas, pero no del horrendo crimen que le imputaron, el asesinato de su antiguo amigo y amante. Una sed de venganza, que poco a poco se va mezclando con el ansia de conocimiento, puesto que irá descubriendo, a cada paso, que el pasado es más complejo de lo que parecía. Alguien ha urdido una oscura trama en su contra, por lo que más de dos décadas de su vida se han esfumado sin remisión, y debe pagar por ello. “Y que cada palo aguante su vela”. Así, poco a poco, la venganza inicial va dando paso a una trama de corrupción que abarca a la policía, la política y hasta a los propios recuerdos.

Una venganza que, aunque en apariencia recuerda a la de Edmundo Dantés, poco tiene que ver con la del personaje de Dumas,  que revisa y hasta reinventa. Dantés salta con red, puesto que tiene a su servicio, primero, las enseñanzas de Faria y, luego, el tesoro de Montecristo.  La venganza de Adrián, sin embargo, es un salto al vacío. Primero, porque Adrián sostiene una lucha consigo mismo, al tiempo que lucha contra la injusticia que le condenó. “Es como si hubiera dos tipos muy distintos en mí. Uno que es el que lee, el que estudió lo que pudo mientras estaba en prisión, el que dejó las drogas, el malevaje y el puterío (…). El otro es un changuilla de barrio, un canalla inculto y vulgar…”. Un hombre hecho a sí mismo, que sabe que al salir de prisión no le aguarda ningún cofre repleto de riquezas. Segundo, porque Adrián se sabe culpable, quizá no de ese crimen, pero sí de su pasado. Por eso, dice el personaje: “…si hasta yo mismo pienso que podría haber sido perfectamente capaz de hacerlo, ¿cómo hubiese podido convencer a nadie de que no lo había hecho?”. Una venganza, pues, que al contrario que la de Dantés, no busca una justicia abstracta, sino que cada palo aguante su vela, que cada uno sienta su propia vergüenza, “porque la vergüenza nos iguala ante la muerte”.

Ravelo tiene un don especial para construir personajes ambiguos, que se mueven con soltura entre los ambages morales propios del que tiene mucha calle. No son personajes creados para agradar al lector. Se empatiza con ellos, pero precisamente por eso son incómodos, porque al igual que Dr. Jekyll y Mr. Hyde, todo ser social tiene muchas aristas, y en unas circunstancias parecidas, cualquiera podría ser Adrián Miranda. Un personaje que confirma a Ravelo como un escritor en sintonía con otros como Jim Thompson; aunque a diferencia del americano, frío como un témpano, la pluma del canario dibuja criaturas más humanas, más cálidas, más propias de las latitudes subtropicales en las que se desarrollan sus historias.

Unas latitudes en las que se encuentra Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad y el marco narrativo de La última tumba. Un novela que transcurre en esta ciudad, pero que podía haber ocurrido en otra. En cualquier ciudad, que como Las Palmas, haya sufrido la epidemia de la droga en sus barrios obreros, la especulación en sus zonas más populares en favor de intereses privados y la relación incestuosa entre sus élites políticas y económicas.  Una novela que podría haber tenido otro marco narrativo sin dejar de ser verosímil, pero que ocurre en Gran Canaria, una isla a la que no reconocería ni la madre que la parió después del proceso urbanizador de los últimos cincuenta años. Una degradación de la isla y la ciudad que no escapan a la mirada crítica y mordaz de Alexis Ravelo.  Una ciudad y una isla, por tanto, que aparecen en la novela como un gran escenario para unos personajes marcados por la tragedia y la derrota, gentes que vienen de abajo, “pobres flores de barrio que se marchitarán antes de abrirse”. Y es que, pese a la ingenuidad de Adrián, casi siempre le toca al mismo palo aguantar la vela.

Una novela, por tanto, que indaga en lo oscuro de la condición humana. Una oscuridad que, en no pocos casos, deviene de considerar a otras personas como medios para nuestros fines. Una confusión que está en la génesis de la criminalidad. Y en esos casos es fácil caer en una de las oscuridades más vergonzantes para el género: la crueldad. Una crueldad, no en términos absolutos, porque, como nos dice Adrián Miranda, “la crueldad es más una consecuencia que un motivo y, sobre todo, porque siempre se puede ser aún más cruel”.

Alexis Ravelo confesaba hace poco, en una entrevista, que no planifica al milímetro todo antes de comenzar, sino que es con la reescritura donde va perfilando el resultado final. Y el resultado final es un mecano en el que cada pieza encaja a la perfección, donde cada palabra, cada objeto, cada personaje cumple un papel en la novela. Así, La última tumba, es una especie de producto de artesanía, hecho por un artesano de la palabra meticuloso hasta el exceso, en el que parece que nada se haya dejado al azar. Cosa que, por otra parte, ya es marca de la casa en el escritor canario, puesto que ya lo hizo con Los días de mercurio o La estrategia del pequinés, por citar solo dos de sus obras. Todas ellas obras que, al margen del género, confirman a Alexis Ravelo, sobre todo, como un gran escritor.


Alexis Ravelo. La última tumba. (Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe, 2013). Ed. Edaf. Madrid, 2013.