domingo, 27 de octubre de 2013

La vida, ese espectáculo

«La humanidad se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma». Una frase que escribió Walter Benjamin en 1937, pero que es más actual que nunca. Un filósofo con una capacidad de anticipación como pocos, que podemos corroborar con múltiples ejemplos de la actualidad. Entre ellos, quizá sea la televisión la demostración fehaciente de que Bejamin tenía razón.

Para muestra, algún que otro botón: un concurso televisivo de Pakistán sortea bebés entre los concursantes; en Dinamarca, dos enfermos mentales analizan en vivo a una mujer desnuda; en la televisión italiana, los concursantes realizan sus pruebas en un campo de refugiados africano; en Estados Unidos, han creado un canal de televisión para perros. En el caso de España, los ejemplos son muy variados, desde el famoso Gran Hermano hasta Un príncipe para Corina, pasando por cualquiera de los famosos televisivos que lo son por haberse follado a otro famoso, que a su vez es famoso vaya usted a saber por qué.

No tengo nada en contra del medio. De hecho, quizá sea el medio con más potencia comunicativa. Ya sé que alguien podría objetar que siempre queda La2, con el cine y los documentales. También soy consciente de que vivimos la época dorada de las series. Pero, fuera de las excepciones, los ejemplos citados demuestran que cualquier experiencia vital del ser humano se ha convertido en mercancía en manos de la televisión. Cuanto mayor sea el drama, mejor. No hay límites. 

Aunque lo verdaderamente preocupante es que cada día son millones los que se sientan delante del televisor. «Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético», en palabras de Benjamin. Tanto luchar por la reducción de la jornada laboral, tanta sangre derramada por el derecho al ocio para malgastar el tiempo consumiendo esa basura. ¿No sería mejor vivir? Al final, parece que tenía razón Guy Debord con la sentencia con la que comenzaba La sociedad del espectáculo: «Todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación».

Hay quienes dicen que los realities son una buena muestra sociológica. Sin embargo, no creo que aporten nada nuevo. A nadie se le escapa que si encerramos personajes contrastados en un mismo espacio, sin lugar a dudas, surgirán los conflictos. ¡Qué novedad! Eso ya lo vienen demostrando los grandes narradores desde hace siglos: no es la situación, es la condición humana. Si a dos o más seres humanos enfrentados les pones una cámara delante y les das su minuto de fama, hasta Gandhi mandaría a la mierda la resistencia pasiva. Porque cuando ves a alguien en televisión no se sabe dónde termina la persona y comienza el personaje. Y qué quieren que les diga, me interesa mucho más lo que tienen que enseñar sobre las pasiones y los bajos instintos humanos Dostoievski, Bolaño, Woolf , Kafka o Marsé. 

Ácido sulfúrico, la novela que escribió hace unos años Amélie Nothomb, nos ponía sobre la pista del camino terrorífico que llevaba este entretenimiento vacuo. El último grito en realities: un campo de concentración, en el que ya se imaginan lo que pasa con los nominados. Así, para que, por una vez, la realidad no supere a la ficción, sería conveniente que ejerciéramos nuestro derecho a pulsar el botón de off. No vaya a ser que un día nos encontremos convertidos en protagonistas de un reality show. Porque, no nos engañemos, tiene que ser duro vivir pendiente de que te nominen.

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