domingo, 7 de julio de 2013

Adioses

Dejó la pequeña maleta en el suelo y volvió la vista atrás, con el anhelo incipiente de convertirse en sal, o en piedra, o en aire. La ciudad, humeante aún, se desperezaba tras la larga noche de los festejos de la victoria.

6 comentarios:

  1. Después de leer el fragmento me propongo unas cuantas preguntas, sin animo de correcciones ni templar los ánimos con mis artificios literarios, en definitiva son palabras que los lectores nos adueñamos para convertirlas en nuestras, o sea, interpretamos. ¿por qué dejo la pequeña maleta y no la maleta pequeña? ¿por qué volvió la vista como si la vista cual carrusel se convirtiera en un haz de giros infinitos, no sería mejor miró atrás y dejamos de voltear la vista?¿por qué el anhelo es primerizo, es la primera vez que tiene anhelo, o quizá el anhelo es profundo, agudo e intenso? ¿por qué la ciudad de estira y bosteza, quizá cansada, quizá tiene sueño después de una ardua fiesta de alcohol y humo? Me gusta jugar con las palabras, decía alguien que los textos en su interpretación son abiertos, sí, cada lector propone sus propias interrogantes y yo como no soy incipiente lector, ni dejo que la vista se vaya para luego volver cuando ella quiera, me desperezo en mi propia interpretación..., sin maletas pequeñas olvidadas o maletas grandes descubiertas...,
    Gracias por dejar que las palabras se conviertan en pequeños roedores, sigan escribiendo y no cedan a los agujeros de los roedores...
    Con todo mi respeto y cariño por Juan Darias.

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    1. Si tanto te gusta jugar con las palabras, ¿Por qué tu nick no es "Niporesas, Andrés", en lugar de "Andrés Niporesas"?

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    2. Porque mi apellido es Niporesas como el tuyo es anónimo, la diferencia es que yo no oculto mi nombre, no disfrazo mi identidad como sombras en aire, lo muestro con una sombra más en el aire.

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  2. Gracias, Andrés Niporesas, por pasarte por aquí. Y, por supuesto, como lector que eres, aduéñate de las palabras cuanto quieras. Porque ese es el juego, interpretar. Con respecto a tus preguntas, comprenderás que no me corresponde a mí responderlas, «que ya sabes que en punto a coordinar mis ideas no soy fuerte, y en punto a expresarlas, soy flojo. En cambio, de las buenas prendas lógicas y oratorias que me faltan, encontrarás en mí una buena fe a prueba del siglo XIX, más que mediana inocencia, sana intención, y lo que vale más que todo, un respeto, que te ha de asombrar, a todas las cosas, y un miedo, que habrás de conocer por muy saludable, a todas las personas».
    Una vez más, agradecido por la atenta lectura. Saludos.

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    1. «La auténtica literatura no es la que halaga al lector, confirmándole en sus prejuicios y en sus seguridades, sino la que le acosa y lo pone en dificultades, la que lo obliga a ajustar cuenta con su mundo y con sus certidumbres»

      Claudio Magris.

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  3. Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj.

    Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

    Julio Cortázar.

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