domingo, 5 de mayo de 2013

La persistencia de las piedras

Las ruinas tienen algo que atrae. Quizá es la belleza serena de las piedras, quizá solo una pervivencia de la estética romántica y su desesperanza ante la caducidad humana. No sé. Lo cierto es que ese algo inefable es como una puerta abierta que te invita a entrar, a invadir la intimidad de las historias que duermen entre esos muros derruidos.

Las casas abandonadas huelen a tierra, a madera vieja y a hierba. Los techos suelen caer pronto, puede que una década o dos después de no tener a quién cobijar. Los techos son débiles, parece que necesitaran sentir debajo el calor humano. Los muros, por su parte, se resisten a caer, orgullosos. Aguantan los embates del viento y la lluvia durante muchos años, hasta que el paso del tiempo comienza a hacer mella. Las piedras comienzan a desplomarse, a veces de una en una, a veces muchas de golpe. Y poco a poco, el agua y el aire se cuelan por las heridas de lo que en otro tiempo fue una construcción recia y ahora no es más que ruina.

La puerta a veces no está, y es fácil entrar por el vano. Otras, se encuentra a medio abrir, como si alguien hubiera olvidado cerrarla al dejar la casa, o puede que después de curiosear. En el suelo, recuperado ya por la maleza, se aprecian cristales rotos, unas botellas y latas desteñidas por el sol y algunos restos de papel higiénico que anuncian que no somos ni los primeros ni los últimos curiosos. En ocasiones, entre los restos de la techumbre y las piedras caídas, se puede encontrar algún objeto, puede que olvidado por sus antiguos moradores. Cosas materiales, al alcance de las manos y los ojos, pero cabe preguntarse qué historia habita entre esas paredes; cuántos gemidos, suspiros y llantos; cuántas promesas cumplidas; cuántos sueños rotos por el paso del tiempo.

Quizá entre esos muros, junto a los tabobos y perenquenes, se esconden muchas vidas y algunas muertes, abandonos y reencuentros, amores y desamores, lealtades y traiciones. En cada una de esas casas puede que habite una novela esperando que alguien la escriba, o puede que un oscuro secreto que perecerá sepultado cuando el tiempo acabe por vencer la persistencia de las piedras.


2 comentarios:

  1. Sólo un comentario. Más allá de la belleza, de la poeticidad y de la poderosa atracción que ejercen sobre nosotros las ruinas de las viviendas tradicionales de Canarias abandonadas, a mí siempre me provoca una sensación contradictoria. Una sensación en la que se mezclan, por una parte, una impotencia por no haber sido los canarios capaces de conservar estos maravillosos inmuebles y, por otra, una rabia tremenda por no tener todo el dinero necesario para comprarlas y restaurarlas, con el objeto de ponerlas en uso. Cada vez que paseo uno por islas como Lanzarote y Fuerteventura me ocurre lo mismo. Me entra una tristeza tremenda al ver cómo esas huellas irrepetibles del patrimonio edificado canario las devora el olvido y el paso irremediable del tiempo. Es verdad que con ellas se va un pasado humano de los que vivieron en ella, pero también se va un valiosísimo legado artístico, arquitectónico y artesano que decía mucho de cómo era la vida en estas islas antes de que llegara el progreso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pepe, gracias por pasarte por aquí. Sí, estoy de acuerdo contigo en lo que dices. Es una pena que no se restauren todas esas viviendas con tanto valor histórico, artístico y etnográfico.
      Saludos.

      Eliminar