viernes, 9 de noviembre de 2012

Carta de amor a una biblioteca

Borges, en el Poema de los dones, se imaginaba la biblioteca como una especie de paraíso; un lugar idílico que sin embargo no tiene una consistencia metafísica, sino que se corporiza en cada biblioteca pública. Porque, junto a la escuela y el hospital, esta es la tercera pata sobre la que se asienta una sociedad que acepta como derechos inalienables la educación, la sanidad y la cultura. Hasta que los brutales recortes de los últimos años han dejado a las bibliotecas al pie de los cabellos. La merma del presupuesto hasta la casi extinción, las han convertido en meras estructuras sin nervio, sin vida; y en el peor de los casos, las ha condenado a echar la persiana. Un paraíso borgiano que se encuentra con la soga al cuello a cuenta de la racionalidad económica, ese mantra acuoso que, gota a gota, ha ido empapando el discurso de lo políticamente correcto.

Una situación sin duda achacable a muchos de los responsables políticos con atribuciones culturales, desde el infame ministro de Cultura hasta el último concejal municipal, quienes parece que cada vez que van al urinario regresan con alguna veleidad o sandez nueva; como si intentaran dilucidar quién es más original o más estúpido. No es que hayan reducido los presupuestos -difícil reducir lo ya exiguo-, sino que han terminado impunemente con la compra de libros, materiales y mejora en las instalaciones. Otro tanto ha ocurrido con el personal. Valgan algunos casos como ejemplos: en Madrid hay quien ha planteado que el trabajo lo realicen voluntarios, lo que supone dejar un trabajo técnico en manos de un neófito, como mucho un diletante; en Parla se les ha ocurrido la genial idea de cobrar 3 euros a todo el que acuda a la biblioteca, como si fuera un museo al que, la mayoría de las personas, tirando por lo alto, acuden unas pocas veces al año, por no decir que la mayoría unas pocas en la vida; el Ministerio, por su parte, ha decidido que el próximo año la cantidad destinada a la compra de libros en las bibliotecas del Estado será el equivalente de la nada, 0 euros; y así, suma y sigue. Todo porque -argumentan- no son rentables, como si la rentabilidad solo se pudiera medir en números. 

El origen de la biblioteca se remonta a hace poco más de 4000 años, cuando la ciudad de Ebla decidió crear un archivo-biblioteca en el que se conservaran una serie de tablillas de barro con todo tipo de información. Y de esa primigenia institución se ha llegado a la situación actual, en la que las bibliotecas se han convertido, quizás, en las entidades más dúctiles de las creadas por el ser humano; han pasado de albergar el conocimiento a convertirse en puerta de entrada al mundo de la información.  La biblioteca no solo contiene una parte de la memoria escrita de la humanidad, sino que representa un espacio de ciudadanía; la mejor garantía de protección y acceso de las clases más desfavorecidas a la cultura. Todo ello sin despreciar el papel que juegan como factor de integración social. Un espacio en el que confluyen personas de diferentes intereses, condición social, origen e ideología, por fuerza tiene que convertirse en una poderosa herramienta en manos de la sociedad civil, por lo que a todos sus usuarios les une un enorme sentimiento de pertenencia.

Y qué decir de los bibliotecarios, que demuestran cada día cómo transformar el sustento en una pasión. Las bibliotecas y sus profesionales sufren a diario la estulticia de los que hemos elegido para hacerse cargo de ellas. Desde siempre soportan estoicamente las acometidas de la caterva de concejales, consejeros y demás responsables políticos de las instituciones a las que pertenecen. Pero con la coartada de la crisis, el embate de esta cohorte de irresponsables ya no tiene parangón. Y por eso, como una marea amarilla, luchan para sacar de los rescoldos de la hoguera lo que se pueda salvar tras la extinción del presupuesto para bibliotecas, no por buenos profesionales -que lo son- sino porque, estirando a Cortázar, en ellos está la esperanza.

Una biblioteca es la metáfora perfecta de la sociedad que la crea. Un símbolo del valor que esa sociedad le confiere a la lectura, los libros, el pensamiento, el debate y la reflexión. Renunciar a las bibliotecas es como alejar de nosotros lo mejor del género humano. Y es que el amor y el deseo mantienen una relación tan estrecha como la que existe entre el amor a los libros y el deseo de leer o entre la cultura y las bibliotecas. Por eso, porque estamos heridos por esos libros afilados como cuchillos que guardan en sus anaqueles, no podemos renunciar a ellas; porque sin bibliotecas públicas estaremos un poco más cerca de la barbarie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario