domingo, 11 de noviembre de 2012

Razones para una huelga


La huelga general llega cuando se ha batido el récord de parados de la historia de España, tras los desastrosos efectos de la reforma laboral aprobada hace meses por el Partido Popular. Llega cuando los suicidios de varias personas a punto de ser desahuciadas han puesto los focos sobre el Gobierno, que hasta ahora se había negado a reformar una normativa hipotecaria injusta, que defiende con más ahínco los derechos de los bancos que los de las personas. Llega cuando la realidad contradice una y otra vez todos los vaticinios económicos del Gobierno, más pendiente de satisfacer las demandas de la patronal que de solucionar los problemas cotidianos de las personas. Llega en un momento, por tanto, en el que, huelga decirlo, sobran las razones.

Cada uno tendrá las suyas, tanto para secundarla como para verla pasar de largo mientras va a su trabajo como cualquier otro día. Por mi parte, me pondré en huelga por creo que es mi responsabilidad, porque tengo trabajo y más de 5.000.000 de personas no; porque son millones los que no pueden hacer huelga porque no tienen trabajo. Lo de menos es si podemos o no ser los siguientes, que también, sino que si olvidamos a los parados, si los dejamos a su suerte, somos tan culpables como los agentes económicos y políticos responsables de esta situación. La secundaré porque hay alternativas a la feroz política de recortes de derechos sociales que está llevando a cabo este Gobierno; basta leer a algunos reputados economistas de prestigio, que han propuesto otras formas de salir de la crisis. Y como no creo en las casualidades, la secundaré porque me parece muy sospechoso que las políticas que están llevando a cabo son las mismas que ya pregonaban cuando la economía marchaba a todo trapo, y que antes ya llevaron a cabo Reagan y Thatcher, los dos grandes del santoral neoconservador. En suma, porque disfrazan de necesidad lo que no es más que contingente política neoliberal y porque el Gobierno demuestra, una y otra vez, que no le interesan las personas sino las grandes cifras de la macroeconomía.

Y si parecen pocas las razones, también la secundaré porque tengo memoria, porque sé que gracias a las huelgas y a la sangre que se derramó en ellas tenemos una jornada laboral semanal de cuarenta horas, una diaria de ocho, seguridad social o cobertura médica en caso de enfermedad, por poner solo algunos ejemplos. Igual alguien piensa que todos estos derechos llegaron a la sociedad por arte de magia, pero los muertos que las protestas dejaron por el camino demuestran que no fue así. Y como nos acordamos de ellos, no deberíamos asumir como propios, de forma acrítica, esos mantras ideológicos con los que nos bombardean los medios. No, no es cierto ni que todos los sindicatos sean iguales ni que sin ellos estaríamos mejor. Porque si ni la huelga general ni los sindicatos valen para nada, por qué insisten una y otra vez los prebostes de la derecha, con el Gobierno y la patronal a la cabeza, con que la huelga es inoportuna, con que no va a servir para nada o incluso con prohibirla. Yo la secundaré porque si insisten tanto, por algo será.

La secundaré porque no solo hay razones económicas. La secundaré porque nos condenan a nosotros y a nuestros hijos a vivir en un país peor, más injusto e insolidario; porque tienen en el punto de mira la sanidad y educación públicas, las únicas que garantizan la igualdad de oportunidades; porque a cada nueva reforma siento que tenemos algún derecho menos. La secundaré, en definitiva, porque es lo único que nos queda y porque se me caería la cara de vergüenza si miro para otro lado. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Carta de amor a una biblioteca

Borges, en el Poema de los dones, se imaginaba la biblioteca como una especie de paraíso; un lugar idílico que sin embargo no tiene una consistencia metafísica, sino que se corporiza en cada biblioteca pública. Porque, junto a la escuela y el hospital, esta es la tercera pata sobre la que se asienta una sociedad que acepta como derechos inalienables la educación, la sanidad y la cultura. Hasta que los brutales recortes de los últimos años han dejado a las bibliotecas al pie de los cabellos. La merma del presupuesto hasta la casi extinción, las han convertido en meras estructuras sin nervio, sin vida; y en el peor de los casos, las ha condenado a echar la persiana. Un paraíso borgiano que se encuentra con la soga al cuello a cuenta de la racionalidad económica, ese mantra acuoso que, gota a gota, ha ido empapando el discurso de lo políticamente correcto.

Una situación sin duda achacable a muchos de los responsables políticos con atribuciones culturales, desde el infame ministro de Cultura hasta el último concejal municipal, quienes parece que cada vez que van al urinario regresan con alguna veleidad o sandez nueva; como si intentaran dilucidar quién es más original o más estúpido. No es que hayan reducido los presupuestos -difícil reducir lo ya exiguo-, sino que han terminado impunemente con la compra de libros, materiales y mejora en las instalaciones. Otro tanto ha ocurrido con el personal. Valgan algunos casos como ejemplos: en Madrid hay quien ha planteado que el trabajo lo realicen voluntarios, lo que supone dejar un trabajo técnico en manos de un neófito, como mucho un diletante; en Parla se les ha ocurrido la genial idea de cobrar 3 euros a todo el que acuda a la biblioteca, como si fuera un museo al que, la mayoría de las personas, tirando por lo alto, acuden unas pocas veces al año, por no decir que la mayoría unas pocas en la vida; el Ministerio, por su parte, ha decidido que el próximo año la cantidad destinada a la compra de libros en las bibliotecas del Estado será el equivalente de la nada, 0 euros; y así, suma y sigue. Todo porque -argumentan- no son rentables, como si la rentabilidad solo se pudiera medir en números. 

El origen de la biblioteca se remonta a hace poco más de 4000 años, cuando la ciudad de Ebla decidió crear un archivo-biblioteca en el que se conservaran una serie de tablillas de barro con todo tipo de información. Y de esa primigenia institución se ha llegado a la situación actual, en la que las bibliotecas se han convertido, quizás, en las entidades más dúctiles de las creadas por el ser humano; han pasado de albergar el conocimiento a convertirse en puerta de entrada al mundo de la información.  La biblioteca no solo contiene una parte de la memoria escrita de la humanidad, sino que representa un espacio de ciudadanía; la mejor garantía de protección y acceso de las clases más desfavorecidas a la cultura. Todo ello sin despreciar el papel que juegan como factor de integración social. Un espacio en el que confluyen personas de diferentes intereses, condición social, origen e ideología, por fuerza tiene que convertirse en una poderosa herramienta en manos de la sociedad civil, por lo que a todos sus usuarios les une un enorme sentimiento de pertenencia.

Y qué decir de los bibliotecarios, que demuestran cada día cómo transformar el sustento en una pasión. Las bibliotecas y sus profesionales sufren a diario la estulticia de los que hemos elegido para hacerse cargo de ellas. Desde siempre soportan estoicamente las acometidas de la caterva de concejales, consejeros y demás responsables políticos de las instituciones a las que pertenecen. Pero con la coartada de la crisis, el embate de esta cohorte de irresponsables ya no tiene parangón. Y por eso, como una marea amarilla, luchan para sacar de los rescoldos de la hoguera lo que se pueda salvar tras la extinción del presupuesto para bibliotecas, no por buenos profesionales -que lo son- sino porque, estirando a Cortázar, en ellos está la esperanza.

Una biblioteca es la metáfora perfecta de la sociedad que la crea. Un símbolo del valor que esa sociedad le confiere a la lectura, los libros, el pensamiento, el debate y la reflexión. Renunciar a las bibliotecas es como alejar de nosotros lo mejor del género humano. Y es que el amor y el deseo mantienen una relación tan estrecha como la que existe entre el amor a los libros y el deseo de leer o entre la cultura y las bibliotecas. Por eso, porque estamos heridos por esos libros afilados como cuchillos que guardan en sus anaqueles, no podemos renunciar a ellas; porque sin bibliotecas públicas estaremos un poco más cerca de la barbarie.