domingo, 3 de junio de 2012

Pamplinas

La tecnología es como el aire, que se cuela por las rendijas de las puertas y ventanas mal cerradas. Pensaba el otro día en esto mientras intentaba mantener una conversación con un amigo que, mientras seguía el hilo de lo que le decía con una mezcla de monosílabos y expresiones sincopadas, aporreaba su smartphone contestado a los mensajes que su WhatsApp no paraba de emitir. No quisiera subestimar la capacidad de mi interlocutor para realizar muchas tareas a un tiempo, ni exculparme por completo ante la más que probable falta de interés que provocaban mis palabras, pero cuando menos hay convenir que el hecho es un paradigma del tiempo que vivimos.

No podemos decir que la tecnología haya llegado de sopetón. No en vano, el homo habilis recibió su nombre precisamente por su capacidad para construir utensilios.  Sin embargo, quizás ahora se ha dado una vuelca de tuerca. Si antes la tecnología aportaba soluciones a los problemas de unos seres humanos vulnerables ante sus limitaciones físicas, ahora da la impresión de haberse invertido el proceso. Ya no se solucionan problemas; se inventa el producto y luego se crea la necesidad.  

Todo lo que quiso saber o hacer, al alcance de una aplicación. Que queremos saber el nombre auténtico de Bob Dylan: búsqueda en google. Que caminamos desorientados por la calle: GPS. Que tenemos una duda ortográfica: búsqueda por voz. Que no nos aclaramos con el cambio en la panadería: calculadora. Que olvidamos qué teníamos que hacer hoy: notas en el calendario. Tantos siglos de exprimir el cerebro cuando todo cabía en un smartphone. A simple vista, se trata de versiones mejoradas de los tradicionales utensilios, pero en realidad estamos ante una nueva realidad, ante la sacralización de la invención humana. La tecnología, la nueva religión; el tótem que nos hace agachar la cerviz y ante el que sacrificamos nuestra capacidad cerebral.  Si cuando apareció la rueda, las vértebras humanas respiraron aliviadas al dejar atrás tanto empuje, desde que la tecnología de ha desatado la humanidad marcha tranquila, con lo cerebros vacíos, poco exigidos, pero con un sinfín de aplicaciones en sus manos. 

La tecnología y sus cacharros han llegado para quedarse, y está claro que el uso inteligente de los mismos nos hará la vida más fácil, pero conviene no caer en el papanatismo del consumo por el consumo; por ese deseo de tener el aparato más moderno y más potente, la versión moderna de ese complejo fálico tan antiguo como la historia. Y mientras en nuestro consumista occidente hacemos colas el día del lanzamiento del último invento de una empresa, por el puro deseo de poseer, la mayor parte del planeta vive al margen de este mundo hipertecnológico. Para muchos, su relación con la tecnología se limita al trabajo en las minas de coltán, y otros minerales, y a rebuscar algo reutilizable en los vertederos tecnológicos que albergan en sus países. 

Nosotros, por nuestra parte, dejaremos cada día una cosa más en manos de la tecnología. Medio en broma, medio en serio, sueño que el día del Armagedón llegará en forma de virus informático o, simplemente, de un vulgar apagón eléctrico y que vagaremos ciegos, sordos y mudos, sin aplicación alguna a la que recurrir. Me veo perdido, aislado y tropezando con las farolas y las esquinas. Y, para colmo, con faltas de ortografía.

1 comentario:

  1. To practice English:
    I really like the british humour which sends your text.

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