domingo, 29 de abril de 2012

La burbuja feliz

Año 2184. Nace Renault Ramírez, hijo de José Apple Ramírez, pastor de la Iglesia de la Santa Cola, y el último vástago de una larga estirpe de poseedores del secreto de la felicidad: la chispa de la vida. La familia ha permanecido siempre fiel a las burbujas, desde aquel maravilloso 2012 en que un tataradeudo afortunado asistió al II Congreso Internacional de la Felicidad de Coca Cola, en el que una pléyade de expertos disertó en Barcelona acerca de los secretos de una vida feliz.

Los sabios del presente, convocados por el Instituto de la Felicidad, se ponían de acuerdo acerca de qué nos trae la sonrisa, pero las burbujas seguían subiendo por el cuello de la botella. Coca Cola busca propagar su burbujeante mensaje, mientras a miles de personas se les apaga la chispa de la vida bajo el peso de la economía y la política de bajos vuelos. Los publicistas venden un futuro mejor entre los rescoldos de un mundo que agoniza. Una sofisticación de los tradicionales charlatanes, expertos en vender humo y en vaciar de significado las palabras, o una broma macabra del sistema.

En este presente, cada vez menos nuestro, la publicidad arrebata otro concepto a la filosofía, para que la rueda siga girando. Aunque a estas alturas de la película -cada vez más parecida a un spot- quedan ya pocas cosas sin mercantilizar, los grandes interrogantes habían resistido los embates de las implacables oferta y demanda, dos tiranas que, al final, han acabado por subyugar hasta lo más abstracto. Que un tonto es feliz con un lápiz y un rey con una escopeta, se ha sabido desde siempre; la novedad estriba ahora en que ya no se trata de vender manufacturas, sino modelos de vida a los que aspirar. Tantas guerras, amores, engaños, conquistas y alianzas en pos de la felicidad, cuando resulta que todo es mucho más sencillo: todo lo que siempre soñó cabe en una burbuja.

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