lunes, 2 de abril de 2012

Contingencias

No quisiera moverme entre los espectros inasibles de la metafísica, pero llevo un tiempo en pugna con el insomnio y cuando Morfeo se hace non grato, por lo que ni está ni se le espera, siempre se instala algo en tu mente dispuesto a darte la serenata. En este caso, una pregunta para la que ciertamente no cabe respuesta rotunda, de esas concretas y simples, sin matices: ¿somos lo que hacemos o hacemos lo que somos? Es decir,  ¿existimos antes de hacer o hacemos porque existimos? Y no es que no sepa nadar en la incertidumbre, pero a veces me pregunto qué poso deja en nuestra vida el trabajo, una actividad a la que dedicamos tanto o más tiempo que a dormir.

Ser carpintero, periodista, albañil, abogado o camarero, ¿dice algo de nosotros? O por el contrario, ¿no es más que la representación de la estrategia de subsistencia adoptada?  Alguien dirá que no se elige lo que somos, que algún extraño designio del demiurgo elige por ti y te va llevando de la mano por un camino por el que acabas transitando, quieras o no. No obstante, al margen de remuneraciones, el ser histórico ha elevado a las alturas algunas profesiones, mientras que otras han quedado al pie de los caballos. Casi todos convendrán, seguramente, en que los banqueros son seres odiados por las comunes gentes de a pie, pero si hiciéramos una proposición indecente a cualquiera, ¿cuántos renunciarían a tener al vástago colocado como alto directivo de la banca?  Ante la respuesta posible que todos imaginamos, sobran más preguntas. Hay que comer, dirán algunos –sueño que no muchos.

Nos repiten, machaconamente y hasta la saciedad, que ya no existen las ideologías y menos las utopías. Pero entonces, qué nos queda en este errar meditabundo entre el paritorio y la caja de madera: ¿letras?, ¿hipotecas?, ¿crisis?, ¿trabajo…? Puede que estemos condenados como buenos seres fáusticos, que vendieron su alma por una segunda residencia, un armario lleno de prendas para cada temporada y una falsa seguridad uniformada. A lo mejor la única manera de romper este pacto diabólico, que aceptamos tácitamente pero no firmamos, sea poner toda nuestra potencia creativa al servicio de mejorar las cosas. Puede que no podamos escapar del todo del entorno que nos aprisiona, pero sí entender el mundo de forma creativa, tanto en lo laboral como en lo personal. Por eso, puede que la cuestión no esté en el qué, sino en el cómo; en andar con la cabeza alta y con un profundo sentido ético en todo lo que se hace. Bajo este paraguas, ya excluiremos muchos quehaceres, por muy jugosa y estable que sea la remuneración.

Galeano sostiene que somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, lo que me parece un lema perfecto para enfrentarse a la aparente inevitabilidad del presente y pregonar a los cuatro vientos, a voz en grito aunque nadie nos quiera escuchar, la indiscutible contingencia de este tiempo en el que vivimos, más estadístico que humano. Y si el presente es contingente, nada más necesario que el compromiso y el inconformismo, en cada una de las actividades que hacemos, las grandes y las pequeñas, remuneradas o no.

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