domingo, 11 de noviembre de 2012

Razones para una huelga


La huelga general llega cuando se ha batido el récord de parados de la historia de España, tras los desastrosos efectos de la reforma laboral aprobada hace meses por el Partido Popular. Llega cuando los suicidios de varias personas a punto de ser desahuciadas han puesto los focos sobre el Gobierno, que hasta ahora se había negado a reformar una normativa hipotecaria injusta, que defiende con más ahínco los derechos de los bancos que los de las personas. Llega cuando la realidad contradice una y otra vez todos los vaticinios económicos del Gobierno, más pendiente de satisfacer las demandas de la patronal que de solucionar los problemas cotidianos de las personas. Llega en un momento, por tanto, en el que, huelga decirlo, sobran las razones.

Cada uno tendrá las suyas, tanto para secundarla como para verla pasar de largo mientras va a su trabajo como cualquier otro día. Por mi parte, me pondré en huelga por creo que es mi responsabilidad, porque tengo trabajo y más de 5.000.000 de personas no; porque son millones los que no pueden hacer huelga porque no tienen trabajo. Lo de menos es si podemos o no ser los siguientes, que también, sino que si olvidamos a los parados, si los dejamos a su suerte, somos tan culpables como los agentes económicos y políticos responsables de esta situación. La secundaré porque hay alternativas a la feroz política de recortes de derechos sociales que está llevando a cabo este Gobierno; basta leer a algunos reputados economistas de prestigio, que han propuesto otras formas de salir de la crisis. Y como no creo en las casualidades, la secundaré porque me parece muy sospechoso que las políticas que están llevando a cabo son las mismas que ya pregonaban cuando la economía marchaba a todo trapo, y que antes ya llevaron a cabo Reagan y Thatcher, los dos grandes del santoral neoconservador. En suma, porque disfrazan de necesidad lo que no es más que contingente política neoliberal y porque el Gobierno demuestra, una y otra vez, que no le interesan las personas sino las grandes cifras de la macroeconomía.

Y si parecen pocas las razones, también la secundaré porque tengo memoria, porque sé que gracias a las huelgas y a la sangre que se derramó en ellas tenemos una jornada laboral semanal de cuarenta horas, una diaria de ocho, seguridad social o cobertura médica en caso de enfermedad, por poner solo algunos ejemplos. Igual alguien piensa que todos estos derechos llegaron a la sociedad por arte de magia, pero los muertos que las protestas dejaron por el camino demuestran que no fue así. Y como nos acordamos de ellos, no deberíamos asumir como propios, de forma acrítica, esos mantras ideológicos con los que nos bombardean los medios. No, no es cierto ni que todos los sindicatos sean iguales ni que sin ellos estaríamos mejor. Porque si ni la huelga general ni los sindicatos valen para nada, por qué insisten una y otra vez los prebostes de la derecha, con el Gobierno y la patronal a la cabeza, con que la huelga es inoportuna, con que no va a servir para nada o incluso con prohibirla. Yo la secundaré porque si insisten tanto, por algo será.

La secundaré porque no solo hay razones económicas. La secundaré porque nos condenan a nosotros y a nuestros hijos a vivir en un país peor, más injusto e insolidario; porque tienen en el punto de mira la sanidad y educación públicas, las únicas que garantizan la igualdad de oportunidades; porque a cada nueva reforma siento que tenemos algún derecho menos. La secundaré, en definitiva, porque es lo único que nos queda y porque se me caería la cara de vergüenza si miro para otro lado. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Carta de amor a una biblioteca

Borges, en el Poema de los dones, se imaginaba la biblioteca como una especie de paraíso; un lugar idílico que sin embargo no tiene una consistencia metafísica, sino que se corporiza en cada biblioteca pública. Porque, junto a la escuela y el hospital, esta es la tercera pata sobre la que se asienta una sociedad que acepta como derechos inalienables la educación, la sanidad y la cultura. Hasta que los brutales recortes de los últimos años han dejado a las bibliotecas al pie de los cabellos. La merma del presupuesto hasta la casi extinción, las han convertido en meras estructuras sin nervio, sin vida; y en el peor de los casos, las ha condenado a echar la persiana. Un paraíso borgiano que se encuentra con la soga al cuello a cuenta de la racionalidad económica, ese mantra acuoso que, gota a gota, ha ido empapando el discurso de lo políticamente correcto.

Una situación sin duda achacable a muchos de los responsables políticos con atribuciones culturales, desde el infame ministro de Cultura hasta el último concejal municipal, quienes parece que cada vez que van al urinario regresan con alguna veleidad o sandez nueva; como si intentaran dilucidar quién es más original o más estúpido. No es que hayan reducido los presupuestos -difícil reducir lo ya exiguo-, sino que han terminado impunemente con la compra de libros, materiales y mejora en las instalaciones. Otro tanto ha ocurrido con el personal. Valgan algunos casos como ejemplos: en Madrid hay quien ha planteado que el trabajo lo realicen voluntarios, lo que supone dejar un trabajo técnico en manos de un neófito, como mucho un diletante; en Parla se les ha ocurrido la genial idea de cobrar 3 euros a todo el que acuda a la biblioteca, como si fuera un museo al que, la mayoría de las personas, tirando por lo alto, acuden unas pocas veces al año, por no decir que la mayoría unas pocas en la vida; el Ministerio, por su parte, ha decidido que el próximo año la cantidad destinada a la compra de libros en las bibliotecas del Estado será el equivalente de la nada, 0 euros; y así, suma y sigue. Todo porque -argumentan- no son rentables, como si la rentabilidad solo se pudiera medir en números. 

El origen de la biblioteca se remonta a hace poco más de 4000 años, cuando la ciudad de Ebla decidió crear un archivo-biblioteca en el que se conservaran una serie de tablillas de barro con todo tipo de información. Y de esa primigenia institución se ha llegado a la situación actual, en la que las bibliotecas se han convertido, quizás, en las entidades más dúctiles de las creadas por el ser humano; han pasado de albergar el conocimiento a convertirse en puerta de entrada al mundo de la información.  La biblioteca no solo contiene una parte de la memoria escrita de la humanidad, sino que representa un espacio de ciudadanía; la mejor garantía de protección y acceso de las clases más desfavorecidas a la cultura. Todo ello sin despreciar el papel que juegan como factor de integración social. Un espacio en el que confluyen personas de diferentes intereses, condición social, origen e ideología, por fuerza tiene que convertirse en una poderosa herramienta en manos de la sociedad civil, por lo que a todos sus usuarios les une un enorme sentimiento de pertenencia.

Y qué decir de los bibliotecarios, que demuestran cada día cómo transformar el sustento en una pasión. Las bibliotecas y sus profesionales sufren a diario la estulticia de los que hemos elegido para hacerse cargo de ellas. Desde siempre soportan estoicamente las acometidas de la caterva de concejales, consejeros y demás responsables políticos de las instituciones a las que pertenecen. Pero con la coartada de la crisis, el embate de esta cohorte de irresponsables ya no tiene parangón. Y por eso, como una marea amarilla, luchan para sacar de los rescoldos de la hoguera lo que se pueda salvar tras la extinción del presupuesto para bibliotecas, no por buenos profesionales -que lo son- sino porque, estirando a Cortázar, en ellos está la esperanza.

Una biblioteca es la metáfora perfecta de la sociedad que la crea. Un símbolo del valor que esa sociedad le confiere a la lectura, los libros, el pensamiento, el debate y la reflexión. Renunciar a las bibliotecas es como alejar de nosotros lo mejor del género humano. Y es que el amor y el deseo mantienen una relación tan estrecha como la que existe entre el amor a los libros y el deseo de leer o entre la cultura y las bibliotecas. Por eso, porque estamos heridos por esos libros afilados como cuchillos que guardan en sus anaqueles, no podemos renunciar a ellas; porque sin bibliotecas públicas estaremos un poco más cerca de la barbarie.

jueves, 25 de octubre de 2012

De ausencias perdonables y excusas contumaces

No me apetecía escribir; simplemente. No hay otra razón para explicar mi ausencia de esta bitácora. Y, aunque ya han pasado unos cuantos meses desde la última entrada, ya dije al comienzo de esta andadura, que este blog sería hijo del caos; un designio que se ha cumplido, por lo que al no haber falta por mi parte, no hay excusa contingente que venga aquí a colación. No obstante, desde hace unas semanas, vuelvo a estar con las palabras entre los dientes, pero aunque escribo y reescribo no encuentro el tono exacto con el que retomar el camino.

Escribir es como andar, y cuando uno lleva mucho tiempo bajo la comodidad del sedentario, los músculos están un tanto entumecidos. Pero como todo es ponerse, no queda otra que lanzarse al abismo blanco del papel vacío; seguir con este sueño de intentar volar sin alas. Nada mejor que rumiar las palabras con las que nombrar el sinsentido de esta parte del siglo XXI que nos ha tocado vivir. Porque, al fin y al cabo, todos los letraheridos del mundo tenemos la fea costumbre de intentar salir del laberinto tirando del hilo de la lectura y la escritura.

Ya sé que las acciones u omisiones siempre pasan factura en el mundo de los actos, por lo que el peaje que pagaré por esta ausencia será el vacío al otro lado de la pantalla. Por eso, me imagino que escribo ante un espejo; y un texto me viene devuelto como el reflejo del sol en un reloj, como una presencia extraña que sin embargo me hace conocer y conocerme mejor. Estos días, mientras el insomnio arrecia y releo las viejas entradas del blog, he pensado mucho en el proceso de escritura. Esos textos, mejores o peores, me parecen ahora lejanos. Y aunque aún me reconozco en ellos, parece que la pátina del tiempo ha dejado mella; un recuerdo vago del momento efímero que ya fue. Pareciera como si escribir fuera un intento por dejar constancia del paso por el tiempo fugaz, de retener el instante en un papel y unas palabras. En todo caso, un intento legítimo, como cualquier otro, de ser uno mismo.

domingo, 3 de junio de 2012

Pamplinas

La tecnología es como el aire, que se cuela por las rendijas de las puertas y ventanas mal cerradas. Pensaba el otro día en esto mientras intentaba mantener una conversación con un amigo que, mientras seguía el hilo de lo que le decía con una mezcla de monosílabos y expresiones sincopadas, aporreaba su smartphone contestado a los mensajes que su WhatsApp no paraba de emitir. No quisiera subestimar la capacidad de mi interlocutor para realizar muchas tareas a un tiempo, ni exculparme por completo ante la más que probable falta de interés que provocaban mis palabras, pero cuando menos hay convenir que el hecho es un paradigma del tiempo que vivimos.

No podemos decir que la tecnología haya llegado de sopetón. No en vano, el homo habilis recibió su nombre precisamente por su capacidad para construir utensilios.  Sin embargo, quizás ahora se ha dado una vuelca de tuerca. Si antes la tecnología aportaba soluciones a los problemas de unos seres humanos vulnerables ante sus limitaciones físicas, ahora da la impresión de haberse invertido el proceso. Ya no se solucionan problemas; se inventa el producto y luego se crea la necesidad.  

Todo lo que quiso saber o hacer, al alcance de una aplicación. Que queremos saber el nombre auténtico de Bob Dylan: búsqueda en google. Que caminamos desorientados por la calle: GPS. Que tenemos una duda ortográfica: búsqueda por voz. Que no nos aclaramos con el cambio en la panadería: calculadora. Que olvidamos qué teníamos que hacer hoy: notas en el calendario. Tantos siglos de exprimir el cerebro cuando todo cabía en un smartphone. A simple vista, se trata de versiones mejoradas de los tradicionales utensilios, pero en realidad estamos ante una nueva realidad, ante la sacralización de la invención humana. La tecnología, la nueva religión; el tótem que nos hace agachar la cerviz y ante el que sacrificamos nuestra capacidad cerebral.  Si cuando apareció la rueda, las vértebras humanas respiraron aliviadas al dejar atrás tanto empuje, desde que la tecnología de ha desatado la humanidad marcha tranquila, con lo cerebros vacíos, poco exigidos, pero con un sinfín de aplicaciones en sus manos. 

La tecnología y sus cacharros han llegado para quedarse, y está claro que el uso inteligente de los mismos nos hará la vida más fácil, pero conviene no caer en el papanatismo del consumo por el consumo; por ese deseo de tener el aparato más moderno y más potente, la versión moderna de ese complejo fálico tan antiguo como la historia. Y mientras en nuestro consumista occidente hacemos colas el día del lanzamiento del último invento de una empresa, por el puro deseo de poseer, la mayor parte del planeta vive al margen de este mundo hipertecnológico. Para muchos, su relación con la tecnología se limita al trabajo en las minas de coltán, y otros minerales, y a rebuscar algo reutilizable en los vertederos tecnológicos que albergan en sus países. 

Nosotros, por nuestra parte, dejaremos cada día una cosa más en manos de la tecnología. Medio en broma, medio en serio, sueño que el día del Armagedón llegará en forma de virus informático o, simplemente, de un vulgar apagón eléctrico y que vagaremos ciegos, sordos y mudos, sin aplicación alguna a la que recurrir. Me veo perdido, aislado y tropezando con las farolas y las esquinas. Y, para colmo, con faltas de ortografía.

domingo, 29 de abril de 2012

La burbuja feliz

Año 2184. Nace Renault Ramírez, hijo de José Apple Ramírez, pastor de la Iglesia de la Santa Cola, y el último vástago de una larga estirpe de poseedores del secreto de la felicidad: la chispa de la vida. La familia ha permanecido siempre fiel a las burbujas, desde aquel maravilloso 2012 en que un tataradeudo afortunado asistió al II Congreso Internacional de la Felicidad de Coca Cola, en el que una pléyade de expertos disertó en Barcelona acerca de los secretos de una vida feliz.

Los sabios del presente, convocados por el Instituto de la Felicidad, se ponían de acuerdo acerca de qué nos trae la sonrisa, pero las burbujas seguían subiendo por el cuello de la botella. Coca Cola busca propagar su burbujeante mensaje, mientras a miles de personas se les apaga la chispa de la vida bajo el peso de la economía y la política de bajos vuelos. Los publicistas venden un futuro mejor entre los rescoldos de un mundo que agoniza. Una sofisticación de los tradicionales charlatanes, expertos en vender humo y en vaciar de significado las palabras, o una broma macabra del sistema.

En este presente, cada vez menos nuestro, la publicidad arrebata otro concepto a la filosofía, para que la rueda siga girando. Aunque a estas alturas de la película -cada vez más parecida a un spot- quedan ya pocas cosas sin mercantilizar, los grandes interrogantes habían resistido los embates de las implacables oferta y demanda, dos tiranas que, al final, han acabado por subyugar hasta lo más abstracto. Que un tonto es feliz con un lápiz y un rey con una escopeta, se ha sabido desde siempre; la novedad estriba ahora en que ya no se trata de vender manufacturas, sino modelos de vida a los que aspirar. Tantas guerras, amores, engaños, conquistas y alianzas en pos de la felicidad, cuando resulta que todo es mucho más sencillo: todo lo que siempre soñó cabe en una burbuja.

miércoles, 11 de abril de 2012

Balance contable

Hay días en que uno se levanta con el verbo suelto. No hay mandíbula que pueda contener a sapos y culebras cuando, cautivo y desarmado el estado del bienestar,  las conquistas sociales se van por el sumidero de los recortes. Un eufemismo que designa el mayor ataque frontal contra la equidad y los derechos y convierte en papel mojado el estado social que, falazmente, sigue consagrado en la Constitución. Hace unas semanas, Sanidad y Educación sufrieron algunas de las dentelladas más feroces de la bestia presupuestaria, pero todavía les parecía demasiada concesión a la justicia social, así que se sacan de la manga otro recorte, ahora de unos 10.000 millones.

Primero fue ZP quien, sin olvidar que los adjetivos socialista y obrero se quedaron por el camino en algún lugar remoto de la historia, hizo que su partido mordiese la manzana de las pensiones y otros derechos, ampliando un poco más la ya larga lista de agravios del P¿SO?E con la izquierda sociológica. Ahora Rajoy, al frente del consejo de administración que preside, disfraza bajo la falacia de la racionalidad presupuestaria una serie de decisiones políticas que nacen desde presupuestos puramente ideológicos. Porque, vamos a ver, todos entendemos que, en alguna coyuntura concreta, no se pueda sacar de la caja más de lo que entre, pero que se deba gastar en una cosa y no en otra, eso es más que discutible. Y claro, por eso, porque es algo puramente económico y no ideológico, le toca a la cooperación, sanidad, educación, cultura o investigación arrimar el hombro; mientras, los obispos y los evasores fiscales amnistiados duermen a pierna suelta con los bolsillos llenos. ¡Qué casualidad!

A este paso, cuando terminen de cuadrar las cuentas, nadie evitará que el estado social acabe con una mano delante y otra detrás, en la indigencia absoluta; desnudo por completo de los servicios públicos que le dan carta de naturaleza. Cuando esté privatizado hasta el aire que respiramos quizás nos demos cuenta que habremos cambiado un proyecto de sociedad por un balance contable.

lunes, 2 de abril de 2012

Contingencias

No quisiera moverme entre los espectros inasibles de la metafísica, pero llevo un tiempo en pugna con el insomnio y cuando Morfeo se hace non grato, por lo que ni está ni se le espera, siempre se instala algo en tu mente dispuesto a darte la serenata. En este caso, una pregunta para la que ciertamente no cabe respuesta rotunda, de esas concretas y simples, sin matices: ¿somos lo que hacemos o hacemos lo que somos? Es decir,  ¿existimos antes de hacer o hacemos porque existimos? Y no es que no sepa nadar en la incertidumbre, pero a veces me pregunto qué poso deja en nuestra vida el trabajo, una actividad a la que dedicamos tanto o más tiempo que a dormir.

Ser carpintero, periodista, albañil, abogado o camarero, ¿dice algo de nosotros? O por el contrario, ¿no es más que la representación de la estrategia de subsistencia adoptada?  Alguien dirá que no se elige lo que somos, que algún extraño designio del demiurgo elige por ti y te va llevando de la mano por un camino por el que acabas transitando, quieras o no. No obstante, al margen de remuneraciones, el ser histórico ha elevado a las alturas algunas profesiones, mientras que otras han quedado al pie de los caballos. Casi todos convendrán, seguramente, en que los banqueros son seres odiados por las comunes gentes de a pie, pero si hiciéramos una proposición indecente a cualquiera, ¿cuántos renunciarían a tener al vástago colocado como alto directivo de la banca?  Ante la respuesta posible que todos imaginamos, sobran más preguntas. Hay que comer, dirán algunos –sueño que no muchos.

Nos repiten, machaconamente y hasta la saciedad, que ya no existen las ideologías y menos las utopías. Pero entonces, qué nos queda en este errar meditabundo entre el paritorio y la caja de madera: ¿letras?, ¿hipotecas?, ¿crisis?, ¿trabajo…? Puede que estemos condenados como buenos seres fáusticos, que vendieron su alma por una segunda residencia, un armario lleno de prendas para cada temporada y una falsa seguridad uniformada. A lo mejor la única manera de romper este pacto diabólico, que aceptamos tácitamente pero no firmamos, sea poner toda nuestra potencia creativa al servicio de mejorar las cosas. Puede que no podamos escapar del todo del entorno que nos aprisiona, pero sí entender el mundo de forma creativa, tanto en lo laboral como en lo personal. Por eso, puede que la cuestión no esté en el qué, sino en el cómo; en andar con la cabeza alta y con un profundo sentido ético en todo lo que se hace. Bajo este paraguas, ya excluiremos muchos quehaceres, por muy jugosa y estable que sea la remuneración.

Galeano sostiene que somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, lo que me parece un lema perfecto para enfrentarse a la aparente inevitabilidad del presente y pregonar a los cuatro vientos, a voz en grito aunque nadie nos quiera escuchar, la indiscutible contingencia de este tiempo en el que vivimos, más estadístico que humano. Y si el presente es contingente, nada más necesario que el compromiso y el inconformismo, en cada una de las actividades que hacemos, las grandes y las pequeñas, remuneradas o no.

sábado, 24 de marzo de 2012

Punto final

Tomó el portarretratos entre sus manos y limpió las manchas de sangre del cristal con el trapo que usaba para el polvo. Luego sacó la fotografía y la rompió en varios pedazos que arrojó al suelo. Volvió a dejar el portarretratos sobre la mesilla de noche.

Tras cerrar la puerta, no derramó ni una lágrima.

viernes, 16 de marzo de 2012

Corruptelas

Vivimos en el siglo de las palabras y en la construcción constante del relato que explique la realidad. Así, se ha escrito desde diversos ángulos acerca de la corrupción, pero el hedor que emana de la misma no queda del todo oreado por el tratamiento que le dan los mass media, puesto que la putrefacción de las instituciones y los cargos públicos no es el único desecho que huele. Sólo cuando el cinturón aprieta es cuando cargamos contra los tejemanejes políticos, enriquecimientos ilícitos y cohechos; pero cuando todos podemos sacar algo de provecho nos convertimos en silenciosos cómplices y, como mucho, denunciamos algunas situaciones, pero en voz baja, sin hacer mucho ruido, no vaya a ser que afecte a la mano que mece la cuna; lo que nos convierte, también, en corruptos. Y aunque escribir sobre la corrupción puede suponer adentrarse en un océano de tópicos, lo cierto es que los pocos casos que ocupan las portadas lo hacen más por la relevancia pública de los personajes implicados -léase president o yernísimo real- que por sus acciones en sí. Pareciera que toleramos que nos roben, pero no que aireen a los cuatro vientos lo tontos que somos (o parecemos).

No obstante, esos muertos llevan ahí mucho tiempo y, al contrario de lo que afirma la ciencia forense, sólo salen a flote de vez en cuando. Ahora, en esta época de escasez y estrecheces,  se repite los políticos son todos unos corruptos; antes, cuando los bolsillos parecían estar llenos -unos más que otros- todos roban pero por lo menos éste reparte algo.  Así que de aquellos barros vienen estos lodos, por lo que sorprende que los datos del CIS recientemente publicados reflejen que la corrupción se ha convertido en uno de los problemas más acuciantes para los españoles. Tras el paro, la economía y los  políticos, el cuarto escalón en este listado de dolores de cabeza lo ocupa la corrupción. Sin dudar de los sofisticados métodos que emplean los contables sociales que elaboran estas encuestas, me parece que no reflejan el fondo del problema. Normalmente se asocia este fenómeno con la política y los cargos públicos, pero esa consideración, un tanto reduccionista, distorsiona el enfoque. En realidad, la corrupción no existiría sin el concurso de una sociedad que, si no la acepta, sí que ha aprendido a convivir con ella y, lo que es peor, a sacar beneficio de la misma.

Puede que exista una corrupción con mayúsculas, la de los cargos públicos, pero las corruptelas que se extienden por todo el entramado de la sociedad son tan dañinas como ese fenómeno. Tanto desde el punto de vista jurídico como desde el habla popular, el concepto siempre se relaciona con un aprovechamiento ilícito de lo público. Sin embargo, y aunque parezca que esta lacra no es más que una especie de peaje que hay que pagar, lo cierto es que hace milenios que existe la palabra. No en vano proviene de la corruptio latina. Por eso, para entender el fenómeno en toda su dimensión, tendríamos que hacerlo desde la moral o la ética. Toda conducta deshonesta que se fundamente en una posición de poder o privilegio para obtener un beneficio -no necesariamente económico- es corrupción. El político que abusa del dedo, vulnerando los principios de igualdad, mérito y capacidad, es un corrupto. El que aprovecha la amistad con el cargo público para pedirle un favor, ya sea que contrate a su hija recién licenciada, por mucho que esté trabajando de camarera, es un corrupto. Quien aprovecha su relación personal con un médico para saltarse la lista de espera de una operación, dejando en la cuneta a los demás pacientes que no cuentan con ese vínculo afectivo, es un corrupto. El empresario que sisa el sueldo y los derechos de sus trabajadores, aprovechando la crisis global que él y sus adláteres han creado, es un corrupto. El trabajador que se hace el enfermo para quedarse en casa, dejando que sus compañeros carguen con sus quehaceres, es un corrupto. En suma, toda una serie de corruptelas que están en la base misma del sistema y que sostienen, por tanto, la corrupción, esta sí, de los que tienen el poder político. Alguien dijo que la corrupción raras veces empezaba por el pueblo, y puede que tenga razón, pero si no está en el comienzo, sí que cuenta con su necesaria aquiescencia. Si no empieza por el pueblo, sí que necesita de su complicidad, y no terminará hasta que éste se canse -pero de verdad.

viernes, 9 de marzo de 2012

En el abismo

El sol despunta por la ventana y la luz hiriente se lanza en picado entre los párpados obligándote a abrirlos. Un día más para el mundo, uno especialmente importante para mí porque hoy decido lanzarme a este abismo de palabras, sin saltos mortales y pero sin red, simplemente porque sí. Y no hay otra explicación ni interés por mi parte que el deseo de escribir y de comunicar lo que a uno le nace, sin intención ni pretensión oculta.

Me asomo al abismo como el aire, que pasa entre nosotros a tientas, guiado por el tacto anónimo de nuestras pieles, haciendo sombras que se desvanecen al instante. Por ello, esta bitácora no puede considerarse ad ovo como un intrumento para nada, sino que nace como mero delirio fruto del placer que supone para su autor la escritura. Así, si por casualidad aparece algún lector perdido por la blogosfera, queda advertido que no habrá ni unidad temática ni periodicidad en las entradas que se publiquen en este blog, concebido a modo de miscelánea.

Vivimos tiempos oscuros, donde no solo la lírica pasa por malos momentos. El maremágnum de datos contables nos acecha en cada informativo de tal forma que pareciera que nos acercáramos al abismo -este real- en una locomotora a todo trapo, por lo que se hace más necesario que nunca sentarse a pensar el tiempo que nos ha tocado vivir y buscar las palabras precisas y necesarias para nombrarlo.Y así, en ese pensar lo que nos rodea uno se piensa también a sí mismo, sin darse mucha importancia, pero buscando dar algún sentido a este deambular errante por la existencia. Por eso, si alguien considera que este blog parece hijo del caos, sepa que anda en lo cierto, porque ando buscando las palabras que me ayuden a dar forma a este rompecabezas. Unas palabras que uno busca a tientas, unas veces hacia fuera y otras hacia dentro, pero que constituyen las únicas sombras en el aire a las que puede uno agarrarse para no caer al abismo.